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Después de Duque, cualquier Vicky Dávila puede posesionarse

Por: Lizandro Penagos



Victoria Eugenia Dávila Hoyos​ tiene varias cosas que al vulgo (a los pendejos, decía Facundo Cabral) le emociona: es rubia y ante esa condición corpórea tan elemental, el mestizo complejo de inferioridad colombiano se rinde con embeleso; es bonita, vista bajo los mismos cánones de la apreciación anterior, heredados de la Colonia; sabe hablar —ya lo que diga es otra cosa—, fue presentadora, articula y pronuncia bien, maneja con destreza la cámara y el micrófono; se muestra y vende como la enemiga pública de Petro (a quien menciona hasta el cansancio), aunque otras como la Cabal, la Valencia y la Holguín, están en la fila, sin tanta imagen y mucho más toscas y vulgares; y como a Uribe y a buena parte de este pueblo siempre enardecido, le gusta la pelea, es camorrera y sabe que eso le ha funcionado; y bueno, dice amar a Colombia, aunque cuando realiza entrevistas a la gente del común hace periodismo miserabilista con personas compungidas por la necesidad, la exclusión, la tragedia y el dolor. La excita el olor a sangre de la presa herida.


Además, es mujer, una ficha que no se ha estrenado en la historia Colombia. Solo dos vices, Martha Lucía Ramírez y Francia Márquez, pero ninguna presidenta. Quedan otras dos fichas que si bien ya estrenadas, han sido olvidadas. Tuvimos un presidente negro: Juan José Nieto Gil, cuya imagen mandaron a blanquear tanto como a adelgazar la de Duque; y uno indígena, el pijao José María Melo, cuyos restos están en México, donde luchó en las filas de Benito Juárez, y nadie se ha preocupado por repatriarlos.



Pero retomemos, pues no hay en el panorama nacional un negro o un indígena con posibilidades reales de llegar a la Casa de Nariño. Vicky sí, esa herencia nos dejó Duque: cualquiera cree que puede ser presidente, si es ungido por el patriarca y tiene medios a su servicio y billete para la campaña. Quiere salvar a Colombia. Es lo que dicen todos los candidatos y los precandidatos, que como ella son lanzados o se lanzan al agua para ver quién muerde el anzuelo ahora y podría morderlo en las próximas elecciones.


Lo que pasa es que quiere hacerlo y no tiene propuestas ni capacidad, solo el apoyo del hombre más rico de Colombia, que paga sus asesores y logística. Su discurso es sobre todo hablar mal de Petro: de su persona, lo que no está bien; y de su gestión, lo que está bien, cuando se hace con argumentos.


Ahora bien, eso hacen todos, aunque no todos lo hacen bien. Gustavo Petro, por ejemplo, como congresista y candidato, criticaba con vehemencia y pruebas, las acciones de gobierno, de desgobierno y de corrupción de sus antecesores. Una de las más enconadas críticas que se le hacen hoy —y lo critican por todo—, es que su peor enemigo es el Petro senador. Lo mismo le dijeron a Duque. En eso se han convertido las redes y los archivos, que sacados de contexto, se convierten en el puñal enemigo de quien lo lanzó.


En Colombia y en el mundo hace rato dejaron de importar las ideas y las propuestas. Ahora, lo que se ventila en las campañas y en los debates —cuando se hacen— son las inmundicias de cómo funciona el poder en el ejercicio político. Vicky lo sabe, porque ha estado inmersa en él, no como protagonista, sino como carnada. Es otro caso asombroso caso de ventriloquia e ignorancia.


En un evento en Cali presentado como periodístico, pero que mutó en proselitismo, le preguntó al auditorio si estaba de acuerdo con el sistema político de Colombia. Una joven levantó la mano para asentir. Una veintena, para contradecir. Y el resto, nada. Y ahí está pintada Colombia: su ignorancia política y su inmadurez democrática.



El sistema político de Colombia es el Estado Social de Derecho, organizado como República unitaria y presidencialista en democracia. Obviamente, la pregunta encerró otra intención: si estaban de acuerdo con el gobierno o, en su defecto, con la forma de hacer política en Colombia. Eso es otra cosa. Pero ni ella ni el auditorio lo tenían claro. ¡Cómo puede alguien aspirar a la presidencia si no sabe algo tan elemental! Lo que todos sabemos, es que el verdadero poder es el económico y que tiene a su disposición los recursos, los medios, los periodistas, los funcionarios y los seguidores emocionales, que defienden y trabajan en procura de sus intereses; y que las elecciones se ganan con plata. Aquí y en cualquier parte.


Que una periodista sea candidata es la confirmación de cómo funcionan los dos negocios: el periodismo y la política. No es la primera persona en Colombia que utiliza el periodismo como trampolín, pero sí la primera que no hace parte de las familias tradicionales y poderosas. Esa es otra ventaja a la que le sacará réditos: la jovencita de provincia, que desde Buga con esfuerzo estudió en Cali y saltó a Bogotá para triunfar. La tarea de desprestigio y desinformación que ha hecho la prensa hegemónica con tanta rigurosidad, como con saña y maledicencia al gobierno, puede arrojar resultados.


Su discurso, cargado de violencia simbólica, donde Colombia es una mujer maltratada y Petro, el papá maltratador, pero esa mujer ya está grande y debe rebelarse (Vicky lidera esa rebelión); debería analizarlo un psiquiatra. Aunque la abuchearon en un dispensario de medicamentos a donde fue a pescar en río revuelto, no son pocas las instituciones que le han abierto sus puertas y le brindan sus espacios. Esa es la democracia, la cuestión es que dichas puertas deberían abrirse para todas las banderas y partidos.


No es la única mujer en Colombia que aspira a la presidencia. Son varias y eso habla de un espacio ganado por ellas en un escenario como el político: patriarcal y machista. De los 295 congresistas: 86 son mujeres y 209 hombres. El país tiene seis gobernadoras y 146 alcaldesas. La cifra de precandidatos en Colombia no cabría en una enciclopedia. Pero de los 42 presidentes que hasta el momento hemos tenido desde que somos república: desde José María Campo Serrano hasta Gustavo Francisco Petro Urrego, todos prometen lo mismo: buscar la paz, equilibrar justicia social y combatir la corrupción.


Fíjese usted, buscar no equivale a encontrar, equilibrar no es establecer y combatir no es erradicar. De modo que ahí vamos y si algo quedó claro para Colombia, después de Duque, un desconocido por las mayorías sin mayores méritos, es que cualquiera puede llegar al primer cargo de la nación. Ojo, la cara de esta mujer lleva 30 años en la retina de los colombianos.



Y si todo lo anterior le parece poco, tiene el soporte económico de la familia Gilinski, que como todo grupo empresarial juega a las bandas que necesite. Que tenga ideas propias o plantee soluciones eso es otra cosa que no se ve, solo lugares comunes, obviedades; y en realidad importa poco, porque cada vez hace más carrera la oclocracia, que según el historiador griego Polibio (220-219ac) ocurre cuando la decisión no la toma el pueblo sino la muchedumbre, basada en el rencor y la ignorancia que la nutren —tarea que han venido haciendo los medios tradicionales, aupados por sus dueños a los que no les interesa que la corrupción estructural y sistémica cambie—, cuando las personas son manipuladas y engañadas, y deciden en las urnas sin tener información verdadera, movidas por las emociones sembradas, y entonces se degenera la democracia.


Pregunto con mucho respeto: ¿usted se considera pueblo o muchedumbre? Si se vio el partido de fútbol de la selección de Colombia el martes, pero no se vio el Consejo de Ministros, no se sabe el nombre de por lo menos cinco miembros de ese gabinete, se informa solo a través de redes sociales, repite improperios sin fundamento, es empleado, pero está en contra de la reforma laboral; está en contra de la reforma a la salud, pero tiene medicina prepagada; cree que en Colombia todo val mal y que todo es culpa de Petro, considera que antes de él Colombia era un paraíso donde todo funcionaba perfectamente y este tipo nos tiene en el abismo; y que Vicky Dávila tiene la capacidad para salvarnos, me permito con moderada prudencia responderle: usted es muchedumbre, no pueblo.

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